Oposición destructiva… ¿Y luego?

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Al comenzar esta reflexión, que ahora se convierte en opinión personal y que publico con un alcance tan corto como el que solo llega a mis amigos y poco más, quiero advertir que posiblemente no parezca imparcial, porque, en efecto, no lo soy, y porque hay una carga de indignación bastante importante. Esta parcialidad, que podría ser entendida como causa de mi actitud hipercrítica sobre el tema que sigue, es más bien consecuencia de lo que me encuentro a cada rato en que intento informarme de la actualidad política. Y es que estoy, desde hace mucho tiempo ya, pero la cosa va in crescendo, muy cabreado con el estilo y formas de la «oposición política» y sus «políticas de oposición» .

Creo que en democracia es normal y necesaria, por parte de los representantes de las minorías, la oposición al gobierno que cuenta con el respaldo favorable de la mayoría ciudadana. Pero estoy convencido de la enorme importancia del ejercicio de una oposicion democrática que sea leal, honesta, firme, sincera, basada en la crítica constructiva y en propuestas alternativas, que se preste a la negociación sincera, que sea respetuosa con el gobierno y con los votantes en general, que reclame cumplimiento de promesas, que sin perder de vista futuros comicios, ayude a construir el presente, que base sus intervenciones parlamentarias y su comunicación pública en la defensa razonable de sus principios ideológicos y de sus convicciones en la oferta de buen gobierno, que busque alianzas transparentes y crear ambiente constructivo, que huya de las guerritas, del desgaste o de la aniquilación del adversario, que presente oportunidades y esperanzas de mejoramiento de la vida de los ciudadanos.

No es esta la oposición que nos encontramos en nuestro país. Y no siéndolo en ninguno de los ámbitos de gobierno, ese grave incumplimiento del rol de oposición destaca por ser estruendosamente perverso cuando es estrategia que arrastra hacia el mismo nivel a los que teóricamente son moderados, e inducen al Gobierno y a sus socios a dar respuestas de contraataque —o de oposición a la oposición— de similares estilos. Es bochornoso oír los debates parlamentarios cargados de insultos, amenazas, mentiras, bulos, ataques personales y familiares, gritos, interrupciones, incumplimientos de normativa parlamentaria, ausencia de propuestas o de preguntas necesarias y de respuestas. Y no digamos de las declaraciones públicas, en estado de guerra dialéctica permanente —si es que la palabra dialéctica admitiera la acepción de bronca maleducada e irrespetuosa— con el objetivo calculado de hacer el mayor daño posible al adversario.

En el imaginario colectivo, se percibe la política como un campo de batalla donde la victoria de unos depende inevitablemente del hundimiento de otros. Sin embargo, en una democracia madura, la oposición no debe ser solo el enemigo del Gobierno, sino un contrapeso necesario para gestionar con acierto los asuntos del Estado. El ejercicio de una oposición democrática leal y honesta es una tarea compleja y noble de la representación pública y requiere la firmeza necesaria para fiscalizar, la audacia para proponer alternativas viables y la generosidad suficiente para construir sin destruir para llegar al poder.

Una oposición «leal» no significa aceptación de lo que hay en pro de una falsa concordia, ni sumisión, sino fidelidad a las reglas del juego y al bien común. La lealtad democrática se manifiesta cuando la crítica no busca el colapso del sistema, sino su mejoramiento razonable. Para que una crítica política sea transformadora, debe ir acompañada de la propuesta alternativa. Un partido que se limita a señalar el error sin ofrecer una solución carece de un verdadero proyecto de buen gobierno.

Pienso que el parlamentarismo no debería ser un escenario de «guerritas» de desgaste o intentos de aniquilación del adversario, sino un foro de defensa razonable de principios ideológicos y de propuestas prácticas que construyan el bienestar general.

Una oposición honesta reclama el cumplimiento de las promesas electorales del Gobierno, actuando como memoria y garantía de los compromisos con los votantes. Se presta a la negociación sincera y eficaz cuando el interés general lo requiere, huyendo del cálculo electoralista de corto plazo. Mantiene la coherencia entre sus intervenciones parlamentarias y su comunicación pública, evitando el doble lenguaje. Y no practica el juego sucio con mentiras, palos en la rueda, desinformación, manipulación de la opinión pública, judializaciones innecesarias y obstructivas, etc.

Es normal que cualquier partido en la oposición mantenga la mirada puesta en los próximos comicios. Sin embargo, la ambición de llegar al poder y de gobernar mañana no puede ser excusa para sabotear el hoy.

La verdadera talla de una persona que se dedica a la política se mide por su capacidad de ayudar a construir el presente. Esto implica participar activamente en los pactos que mejoran el Estado y fomentar un ambiente constructivo que permita al país, a la región o a la localidad avanzar, independientemente de quién ostente el poder ejecutivo. La búsqueda de alianzas basadas en programas y convicciones compartidas, refuerzan la confianza del ciudadano en las instituciones. Una oposición que se fundamenta en sus principios y en sus convicciones, pero que es capaz de tender la mano, no demuestra debilidad, sino una fortaleza democrática inquebrantable.

El respeto hacia todos los votantes, incluidos los que no comparten las siglas propias es primordial. Cuando el Gobierno o la oposición desprecian al electorado del adversario, fracturan la convivencia social que dicen defender. La política actual sufre de un importante déficit de sinceridad, de respeto y de honestidad, lo que alimenta el desapego ciudadano, promueve el descontento y el consiguiente populismo extremista y empobrece la democracia hasta hacerla peligrar, como puede estar pasando en nuestro país y en el mundo.

En última instancia, la oposición tendría la responsabilidad de ser un faro de esperanza. Su papel no es solo vigilar al que manda, sino demostrar que existe un camino mejor, basado en el rigor, la educación democrática y la vocación de servicio. Al huir del fango y de la política de tierra quemada, la oposición no solo se dignifica a sí misma, sino que garantiza que, cuando llegue el momento del relevo, recibirá un país funcional, cohesionado y listo para seguir creciendo. La esperanza de los ciudadanos no nace del ruido mediático, sino de la capacidad de sus líderes para presentar oportunidades tangibles de mejora en su vida cotidiana. En el momento actual, no veo que esté yendo por ahí la cosa, sino que diría que al revés. Pareciera que a más bronca, más malas formas y menos ideas constructivas,…, más éxito demoscópico. ¡Quitadme esa percepción si está equivocada, porque es un panorama nefasto!

Al servicio y la responsabilidad del ejercicio del poder no se llega con la derrota total, parcial o suficiente del otro, sino con la victoria de las ideas que, a través de la crítica y la propuesta, logran elevar el bienestar de todos los ciudadanos… O eso debería ser y eso espero.

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