CONVICCIÓN FIRME O FANATISMO

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Para que prosperen las ideas sociales y políticas ultraderechistas, para que sus líderes y sus predicamentos carentes de consistencia intelectual y de bondad social sean admirados, seguidos y votados llegado el momento, ha hecho falta sacar de donde no había un batallón de fanáticos dispuesto a secundar los planes perversos de un mundo en clara involución para beneficio de minorías cada vez más poderosas, egoístas y faltas de empatía con el sufrimiento ajeno. No digo yo que todos los votantes de ultraderecha sean fanáticos, pero deberían mirárselo, por si acaso.

Eso de «no me importa lo que piensen, digan y hagan los demás» podrá interpretarse como una declaración de libertad propia, pero normalmente no lo diría yo si no es para el caso de afirmar mi autonomía. A mí, según en qué sentido, sí me importa. Y cuando observo atento y analizo lo que dicen y hacen algunos, y deduzco lo que piensan, llego a la conclusión de que hay mucho fanático «suelto», o mejor debiera decir «amarrado». Parecerá que exagero, pero moveos por las redes sociales digitales y ya me decís. No son muchos, pero están en todas partes y son de todos los colores —por explicar metafóricamente su variedad—; y cuando se concentran —cosa que les encanta porque suelen ser muy gregarios—, o bien guardan disciplina de secreto o hacen el ruido propio del grito energúmeno y otras violencias. Son peligrosos, primero para ellos mismos y luego para el resto del mundo.

No puedo ser indiferente a ese fenómeno del fanatismo. Me preocupa. Tanto que de vez en cuando reflexiono sobre la firmeza de muchas de mis convicciones y me impongo la autorrevisión que considero necesaria para evitar caer en algo que, por lo que veo, suele comenzar sutilmente y, si no se cancela oportunamente, puede adueñarse de esas convicciones. Y es que, unos más y otros menos, en unas u otras materias, todos somos potenciales fanáticos. Y de hecho, creo que ese fenómeno sociológico está creciendo ¿Será el fanatismo la causa de tanta polarización crispada?

¿Sabe el fanático que lo es? Pienso que rara vez, puesto que el fanático se percibe a sí mismo como un «defensor de la mejor identidad», un «leal seguidor de los más nobles principios» o un «soldado de la verdad»; y ello revestido de abnegación e incluso, en casos extremos, del heroísmo de llevarlo «hasta la muerte si fuera preciso». No suele caber la autocrítica en el fanático, porque sería como una traición.

Creo que puede estar bien vivir las cosas importantes con pasión, pero con cuidado de no pasarse, aunque a veces suceda. Pero el fanatismo no es solo un exceso de pasión; es una renuncia a la inteligencia; es una ceguera voluntaria; es un camino a la obsesión. Se manifiesta como una adhesión incondicional a una causa, ya sea ideológica, política, religiosa o de aficiones, como la deportiva o la musical, —la patria, la fe, la raza, la tradición, la clase social, los «colores» del club, la veneración de la figura de los líderes y todos los «antis» correspondientes—, donde la identidad del individuo se disuelve en un «nosotros» absoluto frente a un «ellos» que puede llegar a ser considerado enemigo en incluso demonizado.

Nadie nace fanático; se construye a través de un proceso que empieza con no percatarse de la propia vulnerabilidad y un crecimiento progresivo de sentimiento de pertenencia irracional a «algo». El sujeto llega al fanatismo buscando seguridad. En un mundo complejo, el dogma es cómodo para los fanáticos porque elimina la angustia de la duda y evita la responsabilidad de resolver dilemas. Hay primero una predisposición personal y el resto se aprende o lo inoculan desde fuera. Generalmente comienza con el aislamiento emocional o social, con la disconformidad, con la necesidad de sentirse alguien que triunfa en algo, con tener la seguridad de pertenecer al grupo de los mejores y con el desprecio de los diferentes. Luego, los líderes carismáticos o los algoritmos de redes sociales ofrecen verdades simplistas y crean cámaras de eco que validan los miedos, los prejuicios y los deseos de ser vencedores aplastantes en una guerra contra los otros.

Los algoritmos, entre otras cosas, son también fábricas de fanatismo. No lo crean, pero lo industrializan. Quienes los manipulan se dieron cuenta y lo utilizan así. Provocan un ciclo de retroalimentación donde la tecnología promueve el desvío interesado hacia posiciones sesgadas. Las redes y plataformas están diseñadas para maximizar el compromiso de las personas, priorizando contenido emocionalmente intenso que suele apelar a la indignación o la identidad grupal irracionales. Actúa como una cámara de eco detectando nuestras preferencias y afinidades, rodeándonos de opiniones similares y eliminando el contraste de ideas.

Para mantener nuestra atención, el sistema sugiere versiones cada vez más extremas del contenido que ya consumimos. Al validar constantemente nuestras creencias, la inteligencia artificial, a través del algoritmo, domestica el pensamiento crítico y fomenta progresivamente el dogmatismo, el fundamentalismo, el sectarismo y el extremismo. Así, la relación con la violencia puede ser directa: si el otro es un obstáculo para la «verdad absoluta», su eliminación se percibe como un acto moral. Para ellos el mundo se divide radicalmente entre buenos y malos. El «malo» deja de ser humano para convertirse ante todo en un enemigo. Nada de empatía.¿Conspiranoia mía?

Salvar o salir del fanatismo es complejo porque la lógica no suele funcionar contra una convicción emocional profunda. Sin embargo, existen rutas, como son la educación en el pensamiento crítico y la exposición a la diversidad desde la infancia, así como fomentar la «humildad intelectual» aceptando que nuestra visión del mundo es solo parcial. Siempre es muy recomendable el consumo variado de información y leer a quienes piensan distinto. Deberíamos dudar de las certezas absolutas. Si una idea no admite preguntas, es una prisión, no una verdad. Deberíamos saber humanizar al diferente recordando que detrás de una idea opuesta hay una persona con inquietudes similares a las nuestras. Qué sanos son la tolerancia activa y el coraje de vivir en la incertidumbre evitando el deseo de tener siempre la razón.

Ahora vendrá alguien y me dirá: lo tuyo es fanatismo contra la ultraderecha. Pues no. Ya me lo he mirado. Lo del Real Madrid,…, tal vez. Pero me estoy curando

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