PARAR LA GUERRA, CONSTRUIR UN ORDEN JUSTO
Lo que tenemos hasta ahora como orden internacional atraviesa una crisis general sin precedentes: está demoliéndose a base de «misilazos» figurados y reales. El retorno del unilateralismo, personificado en liderazgos como los de Trump, Putin, Netanyahu y otros, que priorizan la hegemonía sobre el consenso, el poder y la riqueza sobre la vida, el nacionalismo excluyente sobre las alianzas culturales y de civilizaciones, que desprecian el derecho internacional, ha erosionado el multilateralismo y reactivado la, cada vez más peligrosa, carrera armamentista. Hoy, la fuerza se impone a la diplomacia en escenarios críticos como Oriente Medio, recordándonos que la paz es frágil cuando se ignora el derecho o la justicia. Estos personajes nefastos están volviendo el mundo del revés. Y lo peor es que, inexplicablemente, parece que cuentan con «suficiente» apoyo popular en sus respectivos países y con alianzas y complicidades, afines o forzadas, de estados, gobiernos, mandatarios y personas que piensan que el lado correcto de la historia está en la barbarie de la guerra, la imposición por la fuerza y el menosprecio del derecho, y todos ellos intentarán justificarse en la prioridad de «arreglar el mundo —su mundo—», cueste lo que cueste y por encima de todo, aunque desaten el caos y la locura general. No pensemos mal: lo hacen por liberar al mundo de las armas de destrucción masiva, del terrorismo, del narcotráfico, del régimen de los ayatolás, del comunismo bolivariano o castrista y de lo que sea necesario. Pueden hacerlo. ¿Quién se lo va a prohíbir si ellos son los que mandan?
Estos líderes que han concurrido en este momento de la historia están haciendo explotar en solo unos años la gobernanza global. Todo se ha puesto en absoluta crisis y sus decisiones unilaterales o en alianza forzada han bombardeado con misiles y están haciendo un ejercicio destructivo, no solo a países y poblaciones, sino a todo este sistema en equilibrio asimétrico e inestable.
Poco margen nos queda para la esperanza, pero es necesario seguir intentándolo.
Para recuperar la cordura, primero habría que resistirse a esta manera de entender las relaciones internacionales no colaborando, oponiéndose, parándoles lo pies con razones, verdad y acciones noviolentas; después, sería necesario transitar hacia un nuevo orden global fundamentándolo en una
gobernanza multilateral equilibrada.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), que es la sede referente del multilateralismo y la mayor garante de una gobernanza global, parece hoy un gigante encadenado por su propia arquitectura de posguerra, ya obsoleta. Ante crisis climáticas, guerras tecnificadas y una desigualdad hiriente, surge la pregunta inevitable: ¿Es posible reformarla desde dentro o debemos fundar un nuevo orden sobre sus cenizas?
El principal lastre de la ONU es su anacronismo operativo. El derecho de veto en el Consejo de Seguridad paraliza la justicia internacional y supedita la paz global a los intereses de cinco potencias. Dicho Consejo de Seguridad, de cuyas decisiones depende el destino del mundo, puede ser reconocido por su «seriedad responsable extrema»; y por eso ahora está presidido por Melania Trump, la esposa de Donald. Podemos hacer nuestras valoraciones. Pero la cancelación total conlleva el riesgo de un vacío de poder peligroso. La alternativa más viable no es el caos, sino una refundación constituyente: mantener los ideales fundacionales pero cambiar radicalmente los instrumentos y normativas internas. Sin embargo, reformar esto desde dentro requiere el permiso de los mismos que se benefician del sistema, lo cual roza la utopía política, sobre todo con los líderes actuales. Pero sus respectivos pueblos y la presión de la opinión pública global podrían abrir la puerta a la esperanza de la transformación imprescindible.
Fuera del sistema de la ONU, la gobernanza mundial se estructura a través de clubes de potencias, organismos técnicos y bloques regionales que tienen el cometido de llenar los vacíos de poder y gestionar áreas específicas como la economía y la seguridad. Así, medio dirigen el mundo clubes de gobernanza económica y política que no tienen tratados formales ni sedes permanentes, pero definen la agenda global. Son el G7, el G20 y el bloque de los BRICS. Por otra parte están Organismos de Seguridad como la OTAN y Organismos de Comercio como la OMC. También están integraciones regionales que aspiran a la gobernanza por bloques. Aquí estarían nuestra Unión Europea (UE), MERCOSUR, RCEP, AFTA, EFTA y otras, todas afectadas, sin duda, por la coyuntura de incertidumbre actual. El mundo parece estar en mano de unos locos con carnet.
Debemos reformar las instituciones internacionales para que dejen de ser un reflejo del poder de la fuerza y se conviertan en foros de diálogo equitativo. La cooperación no debe ser una opción, sino el único mecanismo para resolver disputas de soberanía, y controversias económicas, sociales y políticas.
La única vía válida es la de la justicia social y la sostenibilidad. Para empezar a plantearse algo positivo hay que aceptar como fundamento que un orden justo es aquel que entiende que la seguridad no nace de las armas, sino de la equidad. La inversión en armamento debe reorientarse hacia el cuidado del planeta y la erradicación de las brechas de desarrollo que alimentan el extremismo. Frente a la arrogancia del poder, necesitamos una política exterior basada en la empatía y la responsabilidad compartida. La paz, que ya sabemos que no es simplemente la ausencia de guerra, se materializa por la presencia de condiciones que hagan la guerra innecesaria.
Solo a través de una cooperación multilateral genuina, despojada de intereses egoístas y hegemónicos, podremos garantizar un futuro donde el diálogo prevalezca sobre las balas. Es momento de elegir: o avanzamos juntos hacia una paz mundial, social económica y sostenible, o retrocedemos divididos hacia el caos y la más que posible autodestrucción.
Un nuevo organismo, que sería una especie de comunidad de naciones éticas, debería erigirse sobre los requisitos de participación justa y ponderada. Sustituir el veto por un sistema de mayorías cualificadas que representen no ya el poder económico y militar, sino el peso demográfico y, sobre todo, el compromiso con el bien común. Esa nueva entidad debe tener mandatos vinculantes para la reducción de arsenales, transformando la «seguridad nacional» en seguridad humana. Respetar la autodeterminación de los pueblos, pero estableciendo que el Derecho Internacional prevalece y no permite que se violen derechos humanos fundamentales. La soberanía no puede ser un escudo para la impunidad.
Para que un organismo sea legítimo, debe pasar de la retórica a la cooperación efectiva. Esto implica comercio justo y justicia climática.
No bastará con la reforma cosmética. Ya no es suficiente. Si la ONU no logra actualizarse para ser un instrumento de justicia Internacional real, su irrelevancia sentenciará su final.
La puesta en marcha de un nuevo organismo no es un capricho idealista, sino una necesidad de supervivencia.
Hoy es un buen día para aportar nuestro humilde pero necesario compromiso en PARAR LA GUERRA y trabajar juntos por la equidad y el desarrollo para todos.
