NO PODEMOS HABITUARNOS

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Bochornoso espectáculo el vivido el pasado día 31 de marzo en el estadio de Cornellá durante el partido entre las selecciones nacionales de fútbol de España y Egipto. Una parte del público —se supone que minoritaria—, mostró una estúpida falta de respeto, racismo e islamofobia. Pitidos, insultos y coreos vergonzosos envueltos en banderas de España y protegidos en el anonimato que facilita la masa en un acontecimiento deportivo multitudinario que, anecdóticamente, era amistoso. Pero, lamentablemente,  estos episodios de intolerancia, odio, desorden y brutalidad han dejado de ser esporádicos y excepcionales para convertirse en algo habitual en la vida cotidiana. Cuando se falta al respeto, después se suele faltar en todo, decían los antiguos cuando se escandalizaban con algún improperio que hoy día es considerado como simple mal gusto. Hoy, el listón del escándalo lo hemos puesto muchísimo más alto. Todo un pésimo ejemplo de mala educación y de antivalores para nuestros niños y jóvenes y para el mundo en general. Así está la cosa y ya podemos sospechar, o corroborar las sospechas que ya teníamos, sobre cómo es nuestro nivel de ciudadanía democrática, culta y civilizada según los estándares de desarrollo humano comúnmente aceptados.

 

Durante muchísimo tiempo, nuestro mundo adulto viene cargando la responsabilidad de la crisis de valores sobre los hombros de las nuevas generaciones. Sin embargo, un análisis honesto nos obliga a girar el espejo hacia nosotros mismos: no podemos exigir a los jóvenes aquello que los adultos no hemos sabido proyectar. Recuerdo con estupor la estéril polémica que suscitó en su tiempo la implementación de una asignatura escolar relacionada con este asunto en diversas leyes de educación. Unos y otros pretendían «salvar»  a los niños y jóvenes estudiantes del adoctrinamiento por parte de los otros. Eso argumentaba cada parte participante en la controversia, a la vez que se negaba la propia intención de hacerlo. Evidentemente  era y aún es una batalla ideológica. Educación para la Ciudadanía se llamaba la asignatura; y después, Educación Cívica y Constitucional, para finalmente quedar cancelada. Unos y otros se mostraron inflexibles y «la casa se quedó sin barrer»… Y todos descontentos, ¿o no? No puedo explicarme cómo la Iglesia Católica se alineó con quienes preferían la ausencia curricular de tal asignatura, para seguir adoctrinando, a su manera, de forma  transversal aprovechando sus recursos y privilegios educativos, pero sacrificando la intensidad y la calidad que proporcionaría una asignatura específica que estuviera bien consensuada. Creo que esa falta de consenso era deliberada y se está pagando cara. Aunque, verdaderamente, la educación para la ciudadanía no es solo una asignatura que se imparte en un aula, sino un ecosistema de convivencia que hoy, como podemos verificar con ejemplos  como el mencionado partido de fútbol, muestra señales de un preocupante deterioro.

Nunca hemos tenido tanta facilidad para el acceso a la información sobre  derechos humanos y, sin embargo, somos testigos de una agresividad enorme en las malas prácticas que los ponen en riesgo o nos alejan de ellos. Los síntomas son evidentes: el auge del discurso de odio en redes sociales, la normalización de la falta de respeto en el debate público y un rebrote de actitudes racistas e intolerantes que creíamos superadas. Sin duda, falta educación… buena educación, claro.

 

El déficit educativo actual no es técnico, sino ético. Se ha priorizado la formación para acceder al mercado laboral pero se ha descuidado la formación para la vida en democracia. Y esto se enseña y se aprende a partir del ejemplo de los precedentes. Es evidente que los niños y adolescentes aprenden por lo que escuchan, pero internalizan por lo que ven. Por eso, si un profesor predica tolerancia pero humilla al disidente, o si un padre exige respeto pero insulta al vecino de al lado y no cumple las normas de ciudadanía, o sí un político gobernante o el mismísimo jefe del estado animan al cumplimiento de la ley pero cometen fraudes y son descubiertos en conductas públicas ilegales o corruptas, o si un cura exhorta a la moralidad pero es acusado y condenado por abusos sexuales, el mensaje de convivencia democrática queda mermado por la fuerza del mal ejemplo.

 

Pienso que para revertir los fenómenos de mala educación, intolerancia y odio, sería necesario implementar un plan de choque centrado en quienes forman, educan y guían a los futuros ciudadanos. La formación a educadores y docentes debería incluir competencias emocionales y habilidades para resolución de conflictos. No basta con saber transmitir conocimientos y ciencia; hay que saber gestionar la diversidad y la convivencia democrática y participativa en el hogar y en el aula.

Habría que institucionalizar protocolos claros frente al racismo y la intolerancia, no solo para sancionar, sino para reeducar la mirada del educador. Hay que tener en cuenta que la educación democrática fracasa si el hogar es un espacio de autoritarismo o de  permisividad absoluta y si la escuela no es un lugar de valores humanos, además por supuesto, de conocimientos.

 

La educación para la ciudadanía, como asignatura o como clave de comportamientos, no puede ser un arma arrojadiza entre partidos. Se requieren acciones políticas de Estado que garanticen la estabilidad de los currículos en humanidades y que doten a las familias de recursos —tiempo de calidad y apoyo psicológico— para ejercer su rol educador.

 

Educar a los educadores y dotarlos de medios adecuados es, en última instancia, un ejercicio de humildad e inteligencia colectiva. Significa reconocer que la democracia no se hereda de forma genética, sino que se cultiva día a día. Si queremos ciudadanos respetuosos, debemos empezar por ser adultos ejemplares. El futuro de nuestra convivencia depende de que los referentes de hoy estemos a la altura de los valores que pretendemos enseñar. Si no estamos, habituémonos a sufrir espectáculos bochornosos como el de Cornellá, y no me refiero al partido de fútbol, que al menos fue una amistosa y entretenida contienda deportiva.

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